Un frío muerte me heló la sangre al contemplar, tras la espesa niebla, la presencia de sauces secos desgarrados por el dolor. Árboles sin vida que hacen presagiar el final del camino, más allá de la locura, pues hay que estar loco para continuar por el sendero.
Con paso firme me dispuse a marchar, acompañada por la mirada de mis siniestros compañeros alados. Sintiendo bajo mis pies las cuchillas de las rocas afiladas que entorpecían mi camino. Tropecé.
Caí y me levanté tiñiendo de hilo rojo cada paso que daba.
El viento entonaba los lamentos de todas las almas allí atrapadas, cantando un miserere tan aterrador del que ni el propio Bequer podría traducir en palabras. No eran llantos por una vida acabada. Era la melancolía, el fracaso, el abandono... lo que martirizaba sus recuerdos.
Sin vegetación, sin fauna, sin luz. El bosque espeso me atrapaba, se fundía con mis ojos, se transformaba en mi respiración y era el sabor de mis papilas gustativas. Negro, terror, hiel... así era el bosque.
A tientas caminaba, gateando para esquivar el grueso ramaje que me abrazaba. Mis manos, deshauciadas de piel por la abrupta roca que conformaba mi camino, acariciaban las cuencas de los ojos de las calaveras que adornaban si paso, así como que el contacto de los huesos que desplazaba entonaba una macabra cantinela que parecía invocar al espíritu del bosque.
Sin mirar atrás, más por cobardía que por valor, seguí hacia delante. Hasta que una pegajosa, maloliente, sucia red se interpuso en mi camino, atrapándome... sin dejarme escapar, sin dejarme llegar al laberinto
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