domingo, 24 de mayo de 2015

Interludio sentimental

Es en mi soledad donde te encuentro,
no en el murmullo de la gente.
Es en mi soledad donde te siento
porque tus palabras son mias.

Es en mi soledad donde te sueño
con los ojos abiertos como estrellas
y suspiro versos al aire
para rimar mi respiración con la tuya.

Es en mi soledad cuando me encuentro,
no en el murmullo de la gente.
Me encuentro y vivo
con un corazón vacío de miedos.

Sin más ambición que una sonrisa,
sin más poder que un beso,
es en mi soledad donde vivo,
suspiro, amo y sueño.

Al final del laberinto (parte 4)

Continuando por el angosto camino, mar de raices secas y flores marchitas, un brote de luz empezaba a crecer. Era el final del bosque, dando paso a un campo verde, de alta hierba y un sol brillante. Al final, el laberinto.

Apresuradamente, crucé el paraje hasta oler los muros de piedra de mi destino. Un gran arco, custodiado por dos harpías en posición desafiante, daba la bienvenida a la entrada de aquel cementerio.

Respiré hondo, reuní valor y di el primer paso en el umbral de la puerta.

Silencio sepulcral. Oscuridad absoluta.

Y un crujido en el suelo desencadenó un terremoto que derribó la puerta, dejándome atrapada. Sin vuelta atrás.

sábado, 16 de mayo de 2015

Al final del laberinto (parte 3)

Sin piedad, un ejército de diminutas arañas se avalanzaron contra mí como si fuera un banquete nupcial.

Un ardiente cosquilleo ascendía desde el tronco de mis pies hacia mi cabeza. Pero, de repente, una estrella fugaz seccionó en dos mi prisión, liberándome de mi cautiverio.

Jamás comprendí por qué la llama del destino se encendió a mi favor, ni qué dios del universo se fijó en mí para acompañarme en tal misión. Pero escapé de aquella red de arañas y pude continuar mi viaje.

viernes, 15 de mayo de 2015

Al final del laberinto (parte 2)

Un frío muerte me heló la sangre al contemplar, tras la espesa niebla, la presencia de sauces secos desgarrados por el dolor. Árboles sin vida que hacen presagiar el final del camino, más allá de la locura, pues hay que estar loco para continuar por el sendero.

Con paso firme me dispuse a marchar, acompañada por la mirada de mis siniestros compañeros alados. Sintiendo bajo mis pies las cuchillas de las rocas afiladas que entorpecían mi camino. Tropecé.

Caí y me levanté tiñiendo de hilo rojo cada paso que daba.

El viento entonaba los lamentos de todas las almas allí atrapadas, cantando un miserere tan aterrador del que ni el propio Bequer podría traducir en palabras. No eran llantos por una vida acabada. Era la melancolía, el fracaso, el abandono... lo que martirizaba sus recuerdos.

Sin vegetación, sin fauna, sin luz. El bosque espeso me atrapaba, se fundía con mis ojos, se transformaba en mi respiración y era el sabor de mis papilas gustativas. Negro, terror, hiel... así era el bosque.

A tientas caminaba, gateando para esquivar el grueso ramaje que me abrazaba. Mis manos, deshauciadas de piel por la abrupta roca que conformaba mi camino, acariciaban las cuencas de los ojos de las calaveras que adornaban si paso, así como que el contacto de los huesos que desplazaba entonaba una macabra cantinela que parecía invocar al espíritu del bosque.

Sin mirar atrás, más por cobardía que por valor, seguí hacia delante. Hasta que una pegajosa, maloliente, sucia red se interpuso en mi camino, atrapándome... sin dejarme escapar, sin dejarme llegar al laberinto

jueves, 14 de mayo de 2015

Al final del laberinto (parte 1)

En medio de bruma sobre el mar, custodiada por un faro sin luz,una fortaleza destruida y un acantilado que anuncia a la muerte, se encuentra la isla perdida. Y en medio de ella, su laberinto.

Como si Minos fuera, se alzaban hacia el.cielo sus muros, aquellos que muchos vieron pero de los que nadie salió para describirlo.

Esos muros hechos de piedra blanca, cual calavera gigante, albergan un secreto: el elixir de amor. Y todos los valientes que buscan colmar su vida de placeres carnales o enriquecerse a su costa se adentraban en el laberinto sin mayor que la de morir rápido sin tortura.

Aquel día la bruma era más espesa que nunca. Sólo los ojos de un ciego eran capaces de adentrarse en ella sin sentir dolor. Sólo el olfato del que nació sin su sentido podría soportar aquel hedor. Era el sudor del horror el que se respiraba.

Y atravesando el mar en mi barca, sin más sentido que la razón, ni más arma que el amor, desembarqué en aquella playa de ceniza, con la bienvenida de los habitantes del lugar: los cuervos.