Bajo el manto de una noche oscura,
la luna alumbra los cantares,
rotos por el eco de las olas.
Melodías de melancolía menor
resueltas en cadencias mayores
que invitan a la paz y prosperidad.
Letras que, trás su huella,
invocan el recuerdo de una luz y su sombra.
Sombra que renace en mi corazón
tras la pócima etílica que encarcela al olvido.
Y me aprieta el desazón
de un alma insatisfecha,
que se colma con la presencia
de su paralela consumada.
Y me ahoga la razón,
una vez más,
en ese debate interno que,
como las olas,
me acercan y me alejan de ti.
Todo fruto de la sinrazón,
reflejo de la burda mueca de la luna,
sonrisa macabra que rie tras el espejo
de las ondas serpenteantes
que dibuja los borrachos por las calles de Cadíz.
Ondas que dibujo yo en forma de corazón.
Entre la locura y el orden,
me encuentro yo.
Aceptando el cruel destino
que, por insensata,
me he construido.
Aceptando el luminoso futuro
que, por fortaleza,
aparecerá ante mis pasos.
Unos pasos que acompañarán a una canción,
una canción de gesta
con poemas de amor a la luna
y un rostro desconocido en su reflejo en el mar