viernes, 26 de junio de 2015

La última vez

Y fue la última vez que la vi
entre negras y corcheas
adulando al tempo
con sus caderas.

Y fue la última vez que la vi
y ni siquiera supe su nombre
deseando fracasar y volver
y alimentar l hambre del pobre.

Y fue la última vez que la vi.
Y un suspiro ocultó su partida.
No hubo palabras.
No hubo miradas.
No hubo amor de mi vida

domingo, 21 de junio de 2015

Game Over

La última vez que digo "la última".
La última vez  que mi pecho escribe por mis manos.
La última vez que el calor del invierno
se convierte en un julio helado.

La última vez que  digo "te quiero".
La última vez que dejas mis labios salados.
La última vez que jugamos a este juego
al que ninguna jugamos.

La última vez que hay despedida,
sin piel para abrazarnos.
La última vez que siento.
La última vez que amo.

La última vez que grito al cielo
un consuelo desesperado.
La última vez que juego a este juego
porque el juego se ha acabado.

Game over.

viernes, 19 de junio de 2015

Mil pedazos

Llega el día
y las nubes oscurecen.
El viento azota mi alma.
La lluvia inunda mis ojos.

Llega el día.
Llega la tormenta
y un rayo de celos
rompe mi corazón
en mil pedazos.

domingo, 24 de mayo de 2015

Interludio sentimental

Es en mi soledad donde te encuentro,
no en el murmullo de la gente.
Es en mi soledad donde te siento
porque tus palabras son mias.

Es en mi soledad donde te sueño
con los ojos abiertos como estrellas
y suspiro versos al aire
para rimar mi respiración con la tuya.

Es en mi soledad cuando me encuentro,
no en el murmullo de la gente.
Me encuentro y vivo
con un corazón vacío de miedos.

Sin más ambición que una sonrisa,
sin más poder que un beso,
es en mi soledad donde vivo,
suspiro, amo y sueño.

Al final del laberinto (parte 4)

Continuando por el angosto camino, mar de raices secas y flores marchitas, un brote de luz empezaba a crecer. Era el final del bosque, dando paso a un campo verde, de alta hierba y un sol brillante. Al final, el laberinto.

Apresuradamente, crucé el paraje hasta oler los muros de piedra de mi destino. Un gran arco, custodiado por dos harpías en posición desafiante, daba la bienvenida a la entrada de aquel cementerio.

Respiré hondo, reuní valor y di el primer paso en el umbral de la puerta.

Silencio sepulcral. Oscuridad absoluta.

Y un crujido en el suelo desencadenó un terremoto que derribó la puerta, dejándome atrapada. Sin vuelta atrás.

sábado, 16 de mayo de 2015

Al final del laberinto (parte 3)

Sin piedad, un ejército de diminutas arañas se avalanzaron contra mí como si fuera un banquete nupcial.

Un ardiente cosquilleo ascendía desde el tronco de mis pies hacia mi cabeza. Pero, de repente, una estrella fugaz seccionó en dos mi prisión, liberándome de mi cautiverio.

Jamás comprendí por qué la llama del destino se encendió a mi favor, ni qué dios del universo se fijó en mí para acompañarme en tal misión. Pero escapé de aquella red de arañas y pude continuar mi viaje.

viernes, 15 de mayo de 2015

Al final del laberinto (parte 2)

Un frío muerte me heló la sangre al contemplar, tras la espesa niebla, la presencia de sauces secos desgarrados por el dolor. Árboles sin vida que hacen presagiar el final del camino, más allá de la locura, pues hay que estar loco para continuar por el sendero.

Con paso firme me dispuse a marchar, acompañada por la mirada de mis siniestros compañeros alados. Sintiendo bajo mis pies las cuchillas de las rocas afiladas que entorpecían mi camino. Tropecé.

Caí y me levanté tiñiendo de hilo rojo cada paso que daba.

El viento entonaba los lamentos de todas las almas allí atrapadas, cantando un miserere tan aterrador del que ni el propio Bequer podría traducir en palabras. No eran llantos por una vida acabada. Era la melancolía, el fracaso, el abandono... lo que martirizaba sus recuerdos.

Sin vegetación, sin fauna, sin luz. El bosque espeso me atrapaba, se fundía con mis ojos, se transformaba en mi respiración y era el sabor de mis papilas gustativas. Negro, terror, hiel... así era el bosque.

A tientas caminaba, gateando para esquivar el grueso ramaje que me abrazaba. Mis manos, deshauciadas de piel por la abrupta roca que conformaba mi camino, acariciaban las cuencas de los ojos de las calaveras que adornaban si paso, así como que el contacto de los huesos que desplazaba entonaba una macabra cantinela que parecía invocar al espíritu del bosque.

Sin mirar atrás, más por cobardía que por valor, seguí hacia delante. Hasta que una pegajosa, maloliente, sucia red se interpuso en mi camino, atrapándome... sin dejarme escapar, sin dejarme llegar al laberinto