Paseaba bajo la noche tormentosa, empapada en un sudor que se camuflaba bajo las gotas de lluvia. Corría.
Tras de mí una sombra que me acechaba sigilosa, en la oscuridad, escapando de los escasos rincones que aún mantenían un haz de luz y sumergiendose en el negro vacío. Corría. Huía.
Los árboles cantaban demoníacas sintonías, las puertas quebraban en gritos y llanto, la lluvia desgarraba el sonido de la soledad. Nadie en la calle. Sólo la sombra yo yo. Corría. Huía. Me atrapaba.
Miré a los ojos a la ignorancia. Y se llevó mi alma.
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